Muchas empresas en México siguen mirando los recientes conflictos globales (el cierre del estrecho de Ormuz, Arabia Saudita desviando cargamentos, el precio del petróleo superando los $100 dólares por barril, los mercados globales en modo de aversión al riesgo) como problemas lejanos, incluso ajenos. Lamentablemente no lo son.
Puedo asegurar que estos sucesos ya impactaron sus operaciones (especialmente aquellos con negocios exportadores) aunque no siempre con el nombre que esperaban.
El efecto más inmediato y menos discutido es el del diésel. La CONCAMIN recientemente resaltó que el autotransporte de carga moviliza más del 80% de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos y concentra hasta un 87% de nuestro comercio bilateral, representando el principal vínculo entre las plantas de producción y las fronteras o puertos.
Cuando el precio del petróleo sube, ese costo no se absorbe en silencio: se traslada a las tarifas de flete, presiona los márgenes de las cadenas de suministro y encarece el costo logístico de cada embarque.
En paralelo, la inflación general en México llegó a 4.02% anual en Febrero, superando la meta de BANXICO por primera vez en meses. Para el exportador que opera con crédito en pesos o que financia su capital de trabajo con deuda local, esto no son números abstractos, se vuelve el costo real de seguir produciendo.
Además, el peso mexicano acumuló una depreciación de 3.5% en los primeros días de Marzo, su peor resultado semanal desde julio de 2024, y sigue bajo presión.
A primera vista, un peso más débil debería favorecer a los exportadores, sus ingresos en dólares valen más en pesos. Y sí, eso es real para quien cobra en dólares y gasta en pesos, pero esa ventaja tiene trampas que conviene nombrar.
Primero, los exportadores que dependen de insumos importados (componentes, materias primas, empaques) ven encarecerse su estructura de costos en la misma proporción en que se deprecia la moneda. La ventaja cambiaria se erosiona desde adentro.
Segundo, quienes tienen deuda denominada en dólares o compromisos financieros en moneda extranjera enfrentan un incremento inmediato en su carga de pasivos, sin que sus ingresos necesariamente compensen ese ajuste en el corto plazo.
Tercero, la depreciación del peso en un contexto de inflación acelerada es la combinación que más daña la planeación financiera de mediano plazo. Cuando los costos suben en pesos y el tipo de cambio es volátil, proyectar márgenes se vuelve un ejercicio de incertidumbre, no de estrategia.
Esto no es una invitación al pánico. Es una llamada a actuar con claridad en un entorno que penaliza la improvisación.
Invito a las y los empresarios mexicanos a revisar tres acciones:
- revisar su exposición cambiaria y evaluar coberturas previniendo una escalada de la volatilidad
- negociar tarifas de flete con visibilidad de mediano plazo, antes que los transportistas ajusten sus estructuras al nuevo precio del diésel
- asegurar liquidez en la cadena de proveedores, porque cuando una PyME proveedora se queda sin capital de trabajo, el problema no se queda en su planta únicamente, sino que afecta a la exportadora en forma de retrasos y costos de emergencia.
La resiliencia exportadora no se construye solo con capacidad instalada, se construye también con cadenas financieramente sólidas que no se quiebran cuando el entorno se complica.
México exportó casi $535 mil millones de dólares al mercado estadounidense en 2025. Esa cifra es real, pero también mide cuánto tenemos que perder si la volatilidad externa nos encuentra sin preparación interna.
El petróleo cerca de $120 dólares no está lejos, está en el tipo de cambio de esta mañana, en el precio del flete de esta semana y en la inflación de este mes. Quienes entiendan eso hoy tendrán mejores herramientas para los meses que vienen.

