La semana pasada, muchos quedamos sorprendidos por la misión espacial Artemis II, la cual no solo nos regaló imágenes impactantes de la Tierra y la Luna. Aunque el ser humano llegó al satélite natural en 1969 con la misión Apolo 11, Artemis II —lanzada a inicios de abril y ya de regreso en nuestro planeta— ha marcado un nuevo hito al llevar a su tripulación a una de las mayores distancias alcanzadas por humanos en décadas.
Sin embargo, lo más relevante de esta misión no fue únicamente su hazaña técnica, sino el trasfondo humano que la acompaña. Conocer a sus tripulantes permite dimensionar el nivel de riesgo que implica una prueba de esta magnitud para la NASA. Entre los titulares de la prensa nacional e internacional destacó un hecho histórico: la participación de una mujer en una misión de estas características.
Hoy, la mayoría reconoce el nombre de Christina Koch, ingeniera eléctrica de 47 años, quien forma parte de esta nueva generación de exploradores espaciales y protagoniza un avance significativo en la inclusión femenina en misiones de alto perfil.
Y aunque parezca increíble que, en pleno 2026, estos logros sigan siendo excepcionales, la realidad es que durante la década de 1960 las mujeres tenían prohibido siquiera postularse. En aquel entonces, un requisito indispensable era superar pruebas de piloto de combate, algo vetado para ellas bajo el argumento de que implicaba «riesgos excesivos».
No fue sino hasta 1963 cuando la soviética Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer en viajar al espacio. Antes de eso, resultaba impensable que una niña siquiera soñara con ser astronauta. Aun así, la carrera por conquistar el cosmos ha estado lejos de ser equitativa: hoy, las mujeres representan apenas el 10% del total de astronautas en la historia.
En este contexto, México también tiene referentes que vale la pena destacar. Katya Echazarreta se convirtió en la primera mujer mexicana en viajar al espacio el 4 de junio de 2022, como parte de la misión NS-21 de Blue Origin. Su historia no solo representa un logro personal, sino un símbolo de lo que es posible cuando el talento encuentra oportunidades, siendo un referente poderoso para miles de niñas y jóvenes interesadas en la ciencia.
No obstante, persiste un rezago en la conquista de espacios, particularmente en los campos de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), fundamentales para el desarrollo sostenible. Actualmente, las mujeres representan solo el 35% de las personas graduadas en estas disciplinas, de acuerdo con la UNESCO.
La razón es tan sencilla como preocupante: niñas y mujeres siguen enfrentando barreras estructurales que limitan su participación, desde estereotipos de género hasta un acceso desigual a educación de calidad. Por ello, este año la UNESCO impulsa iniciativas de igualdad de género para fortalecer la capacitación docente y fomentar programas de mentoría que visibilicen a las científicas.
El reto es claro: hacer que la ciencia sea accesible, no intimidante, y que las mujeres encuentren en ella una ruta viable tanto en el ámbito académico como en el profesional.
Y aunque México no es el único país rezagado, eso no debe verse como una justificación, sino como una alerta de urgencia para pasar del discurso del «apoyo a la innovación» —que lleva años repitiéndose— a la acción. Es imperativo que el hecho de tener una presidencia con formación científica haga que el discurso se traduzca en políticas públicas efectivas. Porque si no se invierte de manera decidida en educación STEM ni se abren espacios reales, seguiremos celebrando casos excepcionales en lugar de normalizar la equidad.
No olvidemos que invertir en ciencia e ingeniería no solo cierra brechas de género, sino que también impulsa el desarrollo nacional. Apostar por más mujeres en la ciencia es, sin duda, una apuesta segura.

