Hace unas semanas se conmemoró el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Una fecha que, más allá de los discursos oficiales y los mensajes institucionales, sigue siendo un recordatorio incómodo: la igualdad entre hombres y mujeres aún no se ha materializado plenamente.
Aunque durante décadas se ha construido el camino hacia la igualdad y la equidad, en la práctica el poder continúa concentrado, mayoritariamente, en manos de hombres.
Esto no significa que el trabajo de cientos de generaciones que han buscado un piso parejo y romper el techo de cristal haya sido en vano. Significa, más bien, que no es momento de caer en el triunfalismo por los avances alcanzados, sino de mirar más allá. La disputa sigue estando en los espacios de poder y en la toma de decisiones, tanto en gobiernos y gabinetes como en la iniciativa privada.
Sin embargo, no ha sido una tarea fácil. En México, el 43% de la fuerza laboral está conformada por mujeres, pero solo el 3% ocupa direcciones generales, de acuerdo con el informe Mujeres en las empresas 2024 del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
Por su parte, el estudio Women in Business 2025 de Grant Thornton revela que las mujeres ocupan el 38.9% de los puestos directivos, casi cinco puntos por encima de la media global.
Aunado a ello, el reporte Mujeres en la economía: 100 años de datos, también del IMCO, demuestra que la presencia femenina en la fuerza laboral creció 7.6 veces en un siglo.
Pero estos avances no significan que hombres y mujeres se encuentren en igualdad de condiciones en materia laboral. El mismo estudio del IMCO muestra que las mujeres ganan entre 75 y 87 pesos por cada 100 que perciben los hombres; además, más de la mitad trabaja en condiciones de informalidad.
A esto se suma una realidad persistente: las mujeres siguen cargando con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, lo cual limita su entrada, permanencia y crecimiento en el mercado laboral.
A ello se añade la presión social que sigue colocando sobre las mujeres la responsabilidad de la maternidad, la construcción del hogar y la exigencia de cumplir múltiples roles de manera simultánea.
Por eso, aunque se han dado pasos importantes para emparejar las condiciones laborales y los derechos, la brecha persiste. No solo en el acceso a posiciones de poder, sino en el trato y la remuneración que reciben una vez que llegan a ellas.
Según el Fondo Monetario Internacional, cerrar la brecha de género en los mercados en desarrollo podría incrementar el PIB en un 23%, lo que beneficiaría la economía global y mejoraría las condiciones de vida de millones de personas.
Sin embargo, el Foro Económico Mundial estima que aún faltan 123 años para alcanzar la paridad de género en el mundo.
Los datos son contundente y el camino es largo, pero los pasos son firmes. Cada vez que una mujer conquista una posición de poder o mejora su condición laboral, no llega sola: avanzamos todas, y vamos por más.

