México y América Latina tienen una oportunidad significativa para acelerar su productividad. El Banco Interamericano de Desarrollo puso recientemente en perspectiva la dimensión de ese potencial: hoy, cuatro trabajadores en la región generan, en promedio, el mismo nivel de producción que uno en Estados Unidos. En tres décadas, el ingreso real de América Latina creció 18%, la mitad del ritmo de los países de la OCDE.
Más que una comparación entre trabajadores, estos datos reflejan un desafío estructural. La productividad no depende únicamente del esfuerzo o las capacidades de las personas, sino también de las condiciones y herramientas con las que trabajan: desde la informalidad y las brechas de habilidades hasta los procesos y la tecnología que permiten que ese talento genere más valor.
Es un desafío que no se resuelve con un anuncio ni con una sola medida de política pública. Pero hay una parte de esa oportunidad que las empresas en México no tienen que esperar a que el Estado resuelva: la que depende de cómo cada compañía organiza y gestiona a su propia gente. Ahí sí hay margen para actuar hoy.
Llevamos años viendo qué pasa cuando una empresa reemplaza procesos manuales y dispersos por un sistema que conecta contratación, gestión, pago y equipamiento de personas en un solo lugar, con una capa de inteligencia que opera sobre la información integrada en esos procesos. No es teoría de laboratorio. En la práctica, ese cambio reduce los errores en procesos de nómina de un rango de 70-80% a uno de 16-37%, acorta hasta 30 veces el tiempo necesario para una primera revisión de candidatos y baja el tiempo de primera respuesta en soporte de IT de casi dos horas a 20 minutos. Son horas que un equipo de Recursos Humanos en México deja de gastar corrigiendo planillas o rastreando documentación y que puede dedicar a decisiones que sí mueven la aguja de la productividad: a quién contratar, cómo desarrollar a su gente, dónde crecer.
Esto cobra especial relevancia para las empresas mexicanas que operan o tienen equipos en distintos países de América Latina, donde la fragmentación regulatoria agrega una capa adicional de complejidad. Una empresa que opera en cuatro o cinco países de la región suele necesitar un proveedor de nómina distinto en cada uno, gestionar reglas de cumplimiento que varían entre mercados y dedicar equipos internos solo a mantener toda esa operación funcionando.
Cada hora que un equipo de Finanzas o de Personas invierte en reconciliar esa complejidad es una hora que podría dedicar a generar mayor valor. Para una empresa pequeña, simplificar estos procesos puede significar crecer sin sumar personas únicamente para gestionar tareas administrativas. Para una empresa mediana, puede significar dejar de operar con distintos proveedores en diferentes países y consolidar esa operación en un solo sistema. Ninguna de estas acciones resuelve por sí sola los retos estructurales de productividad o informalidad, pero ambas liberan exactamente el tipo de tiempo y talento que las empresas pueden canalizar hacia trabajo de mayor valor.
Vale la pena ser precisos sobre qué significa esto y qué no. La tecnología no sustituye el criterio de las personas ni decide por ellas: puede filtrar candidatos según los criterios que el propio equipo define, pero la decisión de contratar sigue siendo humana. También puede revisar las corridas de nómina antes de que el dinero se mueva y señalar posibles inconsistencias, pero las decisiones sensibles siguen requiriendo supervisión humana. Reduce el riesgo de cumplimiento, pero no lo garantiza: la ley local sigue siendo la ley local, y alguien con criterio humano debe aprobar las decisiones que realmente importan. La productividad que se gana aquí no viene de quitarle la decisión a las personas, sino de quitarles el trabajo repetitivo que les impedía dedicarse a decidir.
Lo que vemos, trabajando todos los días con equipos de Recursos Humanos y de Finanzas en México y otros países de la región, coincide con lo que señala el BID, aunque con un matiz importante. Los desafíos de productividad son estructurales y muchos de los cambios de fondo tomarán años en concretarse. Pero las empresas no tienen que esperar a que eso ocurra para empezar a avanzar: hoy pueden simplificar procesos, aprovechar mejor la tecnología y liberar tiempo para que las personas se concentren en el trabajo que genera mayor valor.
El BID puso números a una oportunidad que en México también podemos aprovechar. La pregunta que le toca responder a cada empresa ahora no es cuánto falta por avanzar, sino cuánto de ese potencial puede comenzar a liberar hoy mediante decisiones que ya están, literalmente, en sus manos.

