Nos encontramos en un entorno en el que la función Fiscal enfrenta situaciones cada vez más complejas, como consecuencia de la rápida evolución de políticas tributarias, la expansión de diferentes marcos regulatorios y la necesidad de responder a un contexto empresarial cada vez más dinámico e interconectado. Lo que antes se enfocaba en gran medida solo en el cumplimiento normativo, hoy es un componente estratégico en la toma de decisiones, la gestión de riesgos y la generación de valor sostenible para las organizaciones.
Sin duda, esta transformación está redefiniendo las expectativas a cumplir por parte de la función Fiscal, ya que se espera su activa contribución para que las empresas logren adaptarse a los cambios regulatorios, presiones geopolíticas, innovaciones tecnológicas y nuevos modelos de negocio. No obstante, la capacidad para responder eficazmente a estas exigencias continúa siendo desigual.
En este contexto, comienza a observarse una brecha cada vez más marcada entre las organizaciones que han desarrollado funciones fiscales integradas y expandibles, con capacidad de operar en entornos de cambio continuo; frente a las que aún dependen de sistemas fragmentados, datos desconectados y procesos predominantemente reactivos. Sin embargo, esta diferencia no responde únicamente al nivel de inversión tecnológica, sino a la aptitud de alinear de manera efectiva a personas, procesos, datos y mecanismos de toma de decisiones.
El estudio 2026 KPMG Global Tax Readiness Dividend destaca la importancia de la preparación operativa, con base en las opiniones de más de 2,000 personas en la Alta Dirección, residentes en 25 jurisdicciones, de las cuales solo 11% considera que su función Fiscal está completamente integrada y alineada con la estrategia empresarial, lo que da muestra de las dificultades de las organizaciones para construir modelos operativos capaces de responder con agilidad a una creciente complejidad regulatoria y de negocio.
Por ende, la preparación fiscal se ha convertido en un factor determinante para el correcto desempeño de las compañías, y aquellas con mayores niveles de madurez operativa muestran una mejor capacidad para adaptarse a las disrupciones, gestionar transacciones internacionales, responder a cambios regulatorios y respaldar decisiones de negocio de manera oportuna. En contraste, las que presentan limitaciones estructurales suelen enfrentar mayores dificultades para coordinar información, expandir sus procesos y, en general, responder al entorno.
Por ejemplo, uno de los elementos que da muestra de estas diferencias es la acelerada adopción de inteligencia artificial (IA), y aunque un número creciente de compañías invierte cada vez más en herramientas y soluciones basadas en esta tecnología para fortalecer sus capacidades fiscales, los resultados más favorables se concentran en las que desarrollaron previamente fundamentos sólidos en materia de gestión de datos, gobernanza y diseño operativo. Por lo tanto, la IA en sí no garantiza una transformación efectiva, sino que depende de su integración en un modelo operativo maduro y coordinado.
En cuanto a los riesgos, estos se han vuelto más diversos e interdependientes. En este sentido, el ámbito regulatorio figura entre las principales preocupaciones para el crecimiento empresarial, acompañado por desafíos relacionados con la seguridad y calidad de los datos, la complejidad transfronteriza y los impactos derivados de la volatilidad geopolítica. Es evidente que la función Fiscal ya no se limita únicamente a la administración tributaria, sino que participa activamente en la gestión de riesgos.
A estos retos se suma la dificultad de expandir modelos operativos diseñados para una realidad empresarial distinta, ya que muchas funciones fiscales aún dependen de procesos manuales y estructuras organizacionales concebidas para cumplir con obligaciones periódicas, lo que dificulta el poder responder a un entorno en el que los cambios legislativos, la supervisión regulatoria, así como las exigencias ambientales, sociales y de gobierno corporativo (ASG) evolucionan de manera simultánea. Esta situación obliga a los equipos fiscales a desempeñar una función cada vez más parecida a la de una torre de control empresarial, coordinando información y respuestas entre áreas como Finanzas, Legal, Recursos Humanos, Compras y Operaciones.
Reconocer su realidad permite replantear el papel de la función Fiscal hacia uno más estratégico y que va mucho más allá del cumplimiento normativo. No obstante, alcanzar este nivel de preparación requiere que la Alta Dirección adopte una visión a largo plazo, orientada a fortalecer capacidades fundamentales, por lo que el éxito no dependerá únicamente de incorporar nuevas herramientas tecnológicas, sino de desarrollar modelos operativos capaces de adaptarse de forma continua, coordinar decisiones a escala empresarial y generar información confiable para respaldar el crecimiento en un entorno cada vez más complejo y cambiante.
Nota: las ideas y opiniones expresadas en este escrito son de quienes firman el artículo y no necesariamente representan las ideas y opiniones de KPMG México.

