¡Comenzó el Mundial!
Así es, el jueves 11 de junio dio inicio el evento mundial de futbol que todo aficionado espera con ansias cada cuatro años. Como lo hemos mencionado en esta columna, el evento deportivo ha estado rodeado de diversas problemáticas, pero lo que nadie esperaba era que, a pocas horas de la inauguración en el Estadio Ciudad de México, no solo estuvieran convocados quienes pagaron sumas estratosféricas para presenciar el partido inaugural entre México y Sudáfrica, sino también diversos grupos sociales que anunciaron movilizaciones con destino al estadio.
El objetivo era visibilizar algunas de las problemáticas que enfrenta México, como los bajos salarios, la reforma a la Ley del ISSSTE en materia de jubilación que los maestros de la CNTE buscan abrogar, así como la crisis de las personas desaparecidas que denuncian las madres buscadoras.
Ambas luchas tienen una causa genuina en defensa de los derechos de grupos vulnerables. Y aunque en los últimos años se ha intentado polarizar y capitalizar los movimientos sociales para atacar, desprestigiar o socavar únicamente a determinados actores políticos, la realidad es que se trata de problemas que han persistido bajo gobiernos de todos los colores.
Todos han ignorado estas demandas y solo las han tomado en cuenta cuando requieren el voto o el respaldo de los músculos sociales que representan.
Pero, como suele ocurrir, las autoridades de la Ciudad de México asumieron las convocatorias como un problema de vialidad, movilidad y, aunque no quieran admitirlo, de imagen internacional.
Porque, como es bien sabido, las cámaras de los medios internacionales estaban puestas sobre México y sobre el arranque del torneo. Por ello, las autoridades buscaron desincentivar las movilizaciones con cientos de policías desplegados en los alrededores, barricadas de cemento y operativos que hicieron prácticamente imposible que las madres buscadoras se acercaran al estadio.
No obstante, después de las veladas, las fichas de búsqueda de sus seres queridos en formato de estampa mundialista, el Ajolote Buscador y la iniciativa de la artista y activista Elsa Oviedo —que proponía intervenir billetes de 50 pesos con mensajes sobre las más de 133 mil personas desaparecidas en México y que mutó a la botarga de ajolote con una camiseta y una pala que acompañó a los colectivos—, en las últimas horas las madres buscadoras modificaron su movilización y se trasladaron al Ángel de la Independencia, el lugar emblemático donde suelen celebrarse los triunfos futbolísticos.
Y mientras de un lado sonaba un mariachi integrado por mujeres, del otro estaban mujeres que han escarbado la tierra y encontrado cientos de fosas clandestinas en el país.
La imagen era profundamente contrastante y demostraba que, en México, disfrutar de un partido de futbol se ha convertido en un privilegio que no todos pueden darse cuando se vive en un país marcado por las fosas clandestinas, las desapariciones y la impunidad; un país donde miles de familias siguen buscando respuestas sobre el destino de sus seres queridos.
Pero lo peor de todo no es que las autoridades obstaculicen el derecho a la libre manifestación ni que sigamos sin contar con un protocolo sólido para enfrentar la crisis de desapariciones. Lo más preocupante es la falta de empatía que existe en una parte importante de la sociedad.
Y es que, en cuanto terminó el partido que le dio el triunfo a México, cientos de aficionados llegaron al Ángel para festejar. Sin embargo, cuando comenzó a llover, a algunos se les hizo fácil arrancar las lonas de las madres buscadoras para cubrirse de la lluvia.
La imagen de tres jóvenes se volvió viral en redes sociales y generó indignación y rechazo. Sin embargo, esa fotografía no fue una excepción: fue el reflejo cotidiano de una sociedad que ha aprendido a convivir con la tragedia sin mirarla de frente.
Porque el problema no es que tres personas hayan usado una lona para protegerse de la lluvia. El problema es que detrás de esa acción existe una normalización de la ausencia, una incapacidad colectiva para comprender el dolor ajeno y una indiferencia que termina siendo tan peligrosa como la propia impunidad.
Mientras el país celebra goles, consume espectáculos y presume su capacidad de organizar eventos de talla mundial, más de 133 mil personas siguen desaparecidas. Y quizá la pregunta más incómoda es: ¿en qué momento los mexicanos dejamos de sentir empatía por los desaparecidos y por todas las injusticias sociales que vivimos en nuestro querido México?

