La semana pasada se estrenó la secuela de la película The Devil Wears Prada, un referente cultural de los años 2000 que marcó a toda una generación. Convertida en símbolo de la cultura pop y del imaginario laboral de las mujeres Millennials, su regreso no sólo despierta nostalgia, también obliga a revisar críticamente el mensaje que durante años normalizamos sobre el éxito femenino.
La primera entrega retrató un modelo de mujer poderosa basado en la renuncia. Miranda Priestly, la temida directora editorial, representaba a la líder exitosa que debía sacrificar su vida personal, emocional y afectiva para mantenerse en la cima de una industria brutalmente competitiva. No había espacio para la fragilidad, el cansancio o la duda. El poder femenino parecía exigir una armadura permanente.
Y quizá ahí radica uno de los problemas más profundos a los que muchas mujeres todavía nos enfrentamos: durante años consumimos historias que obligaban a elegir entre el éxito profesional y la estabilidad emocional, como si ambas cosas fueran incompatibles. El mensaje: para llegar lejos había que endurecerse, soportarlo todo y, en muchos casos, masculinizarse para encajar en estructuras diseñadas históricamente por y para hombres.
Por otro lado, Andy Sachs aparecía como el contrapunto moral: la asistente “dulce”, sensible y ética que decide abandonar la ambición antes de convertirse en alguien como Miranda. La película planteaba una falsa dicotomía que muchas mujeres crecimos viendo una y otra vez: o triunfas y te conviertes en alguien fría e inaccesible, o conservas tu humanidad renunciando al poder.
Ese discurso fue celebrado durante años porque coincidía con una época obsesionada con la productividad, el prestigio y la idea de que el éxito justificaba cualquier desgaste personal. Sin embargo, visto desde 2026, también evidencia la precariedad emocional y laboral que se romantizó en nombre de la excelencia.
Por su parte, la secuela parece intentar corregir —o al menos cuestionar— el discurso que la primera película nunca terminó de confrontar: un sistema que convirtió la crueldad, el agotamiento y la desconexión emocional en requisitos para liderar.
Ahora vemos a una Miranda más vulnerable, consciente del desgaste que implica sostener durante décadas una imagen de perfección inquebrantable. Y eso resulta mucho más incómodo, porque crecimos admirando a la “jefa implacable”, sin cuestionarnos si había otro camino.
Al mismo tiempo, Andy ya no aparece como la joven insegura que debía elegir entre carrera o bienestar. Ahora entiende que la ambición no tendría que estar peleada con la identidad personal, aunque la realidad siga demostrando que para muchas mujeres todavía lo está.
Finalmente, la conversación más importante que deja esta secuela —y las críticas que ha generado— es que seguimos viviendo en una cultura que celebra a las mujeres exitosas, pero únicamente cuando pueden demostrar que sobrevivieron al desgaste. Se admira a las líderes fuertes, pero todavía incomoda verlas vulnerables; se aplaude su disciplina, pero se cuestiona su vida personal.
Porque el verdadero problema nunca fue que Miranda Priestly fuera demasiado dura. El problema es que durante años creímos que esa era la única forma posible de que una mujer pudiera mantenerse en el poder.

