Hace cinco años, unos clientes de Jorge Mandujano, CEO de Beyond Technology, le pidieron desarrollar tecnología con inteligencia artificial para poder medir el comportamiento de los cerdos en granjas porcinas. Tras varios ciclos de prueba y error, donde la empresa diseñó desde collares hasta cámaras que ven, escuchan y huelen los corrales, su tecnología fue patentada por el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.
En un país que, de acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO, por sus siglas en inglés), ostenta el décimo lugar a nivel mundial de patentes en IA, la historia de Beyond Technology debería ser la regla y no la excepción.
Pero hay un detallito.
Aunque la posición de México en el ranking podría llevar a pensar que el país atraviesa un momento extraordinario de innovación tecnológica propia, la realidad es bastante más matizada.
Cada año se presentan alrededor de 20,000 solicitudes de patente en México. De ellas, apenas entre 6% y 8% corresponden a solicitantes mexicanos, explica Indira Molina, abogada especializada en propiedad intelectual y consultora de Poliedro. Dentro de ese porcentaje, buena parte proviene de universidades y centros de investigación.
La pregunta entonces no es por qué México aparece tan bien posicionado en los rankings internacionales de propiedad intelectual, sino por qué tan pocas empresas mexicanas generan tecnología patentable.
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Una respuesta parcial está en la naturaleza misma de una patente. Las patentes exigen novedad a nivel mundial, actividad inventiva y la capacidad de resolver un problema técnico concreto.
Eso deja fuera a buena parte de las soluciones que hoy abundan en el mercado. Integraciones construidas sobre modelos existentes, aplicaciones que funcionan como capa adicional sobre tecnologías desarrolladas por terceros y productos que pueden registrar una marca, pero no reclamar propiedad sobre la tecnología que utilizan.
También existe un problema de incentivos.
Molina señala que, dentro del ámbito académico, publicar artículos científicos suele generar mayores beneficios profesionales que patentar desarrollos tecnológicos. Mientras esa lógica no cambie, muchos investigadores seguirán priorizando la publicación de papers sobre la protección de propiedad intelectual.
Las patentes no son únicamente reconocimientos técnicos. Son activos económicos que determinan quién puede licenciar una tecnología, quién captura su valor comercial y quién tiene la capacidad de construir ventajas competitivas sostenibles alrededor de ella.
Por eso la conversación sobre inteligencia artificial en México necesita dejar de concentrarse sobre quién usa IA, para volcarse en quién construye patentes de IA.
En mi opinión, esa será la diferencia clave, especialmente a medida que los inversionistas empiezan a mirar con más atención qué parte de la innovación realmente pertenece a las empresas que buscan financiar.
La historia de Beyond Technology demuestra que sí es posible construir tecnología patentable desde México. Lo que sigue siendo excepcional es que haya tan pocos casos.
Y quizá esa sea la verdadera lectura detrás del décimo lugar mundial en patentes de inteligencia artificial.
No basta que México sea, nominalmente, una potencia en patentes de IA. Tenemos que acortar la distancia entre consumir este tipo de tecnología y crearla.
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