La semana pasada escribí en este mismo espacio sobre la brecha laboral y el bajo porcentaje de mujeres que ocupan direcciones generales o altos mandos. A partir de ello, me surge una pregunta inevitable: ¿qué nos hace falta?, ¿por qué no hemos llegado a un punto de equilibrio?
Como ya lo sabemos, el sector económico es mucho más que complejo y, en muchos casos, hostil. Los intereses de los grandes corporativos son determinantes para la estabilidad y el crecimiento de los países. Incluso me atrevería a decir que, en ocasiones, este sector puede ser más influyente que el político, porque se expresa a través de números: rendimientos, inversiones, activos y pasivos que reflejan —o intentan reflejar— el éxito o fracaso de una estrategia.
Sin embargo, aunque cualquier persona puede comprender estos conceptos, la sociedad, los medios de comunicación y el entretenimiento han construido históricamente una imagen muy clara del “hombre de negocios”: un personaje fuerte, proveedor, líder, que domina el mundo financiero y dirige empresas. Un mundo hecho por ellos y para ellos, en donde las mujeres difícilmente figuraban.
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Durante mucho tiempo, incluso los perfiles académicos en finanzas o economía parecían no estar pensados para ellas. Aun así, poco a poco, mujeres visionarias han ido rompiendo estos estereotipos, aunque no ha sido un camino sencillo.
En México, Grupo Expansión lleva alrededor de tres décadas realizando el ranking de mujeres líderes. En su edición más reciente, analizó el perfil de 347 mujeres para identificar a las 100 más importantes e influyentes en el mundo de los negocios. Este ejercicio no solo visibiliza trayectorias destacadas, sino que también evidencia que el liderazgo femenino no es excepcional, sino cada vez más presente.
Entre ellas destacan Altagracia Gómez, Laura Diez Barroso, Silvia Dávila, Paula Santilli, María Elena Gallego Lechuga, Gina Diez Barroso, Mónica Flores Barragán, Tania Rabasa Kovacs y Mariana Castillo, entre otras mujeres que hoy ocupan espacios clave en la toma de decisiones.
Pero entonces, la pregunta persiste: ¿cuál es la clave para llegar a estos puestos?
Hace un año entrevisté a Rosa Elena García Hidalgo, la primera tesorera general de la Concanaco Servytur. En esa conversación me dijo una frase que se quedó conmigo: “hay que creer en nosotras mismas”.
Y sí, la confianza es fundamental. Pero también es cierto que, en muchos casos, una mujer necesita acreditar más credenciales académicas y laborales que un hombre para acceder a las mismas oportunidades. Por ello, creer en nuestras capacidades no solo es un acto individual, sino también una forma de resistir y avanzar en un entorno que aún presenta desigualdades.
Aceptar que las mujeres podemos ser grandes empresarias, emprendedoras y líderes económicas sin que ello implique renunciar a otros ámbitos de nuestra vida; no debería implicar elegir entre uno u otro.
Entender que cada paso no es solo un lugar más en el organigrama, sino una oportunidad para abrir camino y dejar una huella a largo plazo. Porque, como en aquel momento me comentó la tesorera, muchas veces la llegada de una mujer a estos espacios se sigue viendo como “la llegada de la pequeña Lulu al club de Toby”.
Hoy, de las 100 mujeres del ranking, 58 son dueñas, presidentas o directoras generales de sus empresas u organizaciones, y el 39% se integró a un consejo de administración en el último año. Además, sus empresas generan 2.4 millones de empleos. Estas cifras no solo hablan de éxito individual, sino de impacto colectivo.
A lo largo de sus trayectorias, muchas de ellas han entendido que una de las formas más efectivas de romper las brechas de género es construir redes de apoyo que abran paso a otras mujeres. Por ello, además de ser reconocidas, se han comprometido a ser mentoras a través de la iniciativa Mentoras Expansión, un programa que busca fortalecer el desarrollo profesional de mujeres con potencial de liderazgo.
Como este esfuerzo, cada vez existen más conferencias, cursos y convenciones que buscan impulsar el liderazgo femenino. Sin embargo, aún no es suficiente. Falta que más mujeres creen comunidades y se impulsen para alcanzar espacios en la toma de decisiones, para que llegar no se vea como una excepción, sino como una condición equitativa.
Porque la clave no está únicamente en que las mujeres quieran o puedan, sino en que existan las condiciones para que llegar no implique hacerlo contra corriente.

