Esta semana me saldré del tema de la perspectiva de género y espero que no les moleste, pero creo que en los últimos días ha trascendido un tema mucho más importante; uno que merece ponerse sobre la mesa del debate y de la reflexión sobre cómo estamos viendo y tratando a la naturaleza.
México es uno de los países con mayor biodiversidad del mundo. Desde el norte hasta el sur del país pueden encontrarse paisajes extraordinarios, llenos de especies de plantas y animales que hoy buscan sobrevivir frente a la urbanización y al aumento de industrias en distintos estados; proyectos que suelen venderse, desde los discursos oficiales, como crecimiento, progreso y nuevas oportunidades para mejorar la vida de los habitantes. Ese ha sido el argumento detrás de la sobreexplotación de algunos de los rincones más diversos de nuestro país, como Mahahual.
Pero esas palabras cada vez retumban más vacías y sin sentido, porque la naturaleza nos ha demostrado, una y otra vez, que no le importa el ser humano que la destruye. El cambio climático, la extinción de especies, el derretimiento de los glaciares y las olas de calor nos recuerdan que somos insignificantes frente a ella. Por eso hoy, más que nunca, debemos cuestionarnos lo siguiente: ¿realmente es necesario que grandes empresas como Royal Caribbean “inviertan” en nuestros últimos rincones de biodiversidad, destruyendo el hábitat de especies animales y vegetales que sostienen el equilibrio de la vida?
Creo que todos conocemos la respuesta, y es no.
La globalización y la industrialización trajeron consigo avances importantes y facilitaron muchos aspectos de la vida humana, pero también dejaron consumismo, desechos, destrucción ambiental y hábitos que incluso han deteriorado nuestra propia salud, aunque insistamos en justificarlos bajo la idea del progreso.
A nivel mundial existen luchas ambientalistas para salvar especies en peligro de extinción, detener la tala descontrolada en el Amazonas y el Congo, reducir la contaminación de ríos, lagos y mares, proteger arrecifes y evitar la desaparición de selvas enteras. Sin embargo, en México hemos sido demasiado pasivos —e incluso receptivos— ante la llegada de grandes consorcios y el crecimiento desmedido de zonas turísticas en lugares donde todavía sobrevive la grandeza natural del país.
Son espacios donde la naturaleza aún conserva su equilibrio; donde plantas y animales cohabitan en ciclos de vida que permiten la existencia de todos. Lugares donde los seres humanos encontramos refugio, paz, silencio y tranquilidad, justamente aquello que el famoso “crecimiento urbano” nos ha arrebatado.
Uno de esos lugares es Mahahual, uno de los pocos destinos que todavía conservan esa imagen de limpieza y virginidad que el Caribe mexicano ha ido perdiendo poco a poco. Lugares como Holbox, Isla Mujeres o Cozumel han perdido su silencio, su tranquilidad y, sobre todo, la posibilidad de contemplar el mar sin muros interminables de concreto. También han perdido biodiversidad y el derecho de las familias nativas a permanecer en el centro de sus propias comunidades, desplazadas por el avance de la gentrificación.
En Cozumel, por ejemplo, el aumento constante de cruceros y la presión turística han generado mayores niveles de contaminación y afectaciones arrecifales, provocando un estrés innecesario para el ecosistema. Lo mismo ha ocurrido en Bacalar y Holbox; y ni hablar de Cancún y Playa del Carmen, que atraviesan una de sus peores temporadas de sargazo.
Por eso fue tan importante el anuncio realizado hace unos días por la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena, quien señaló que: “La empresa busca desistirse del proyecto, pero queremos anunciar que nosotros, como Semarnat, no lo vamos a aprobar”.
Aunque también hay que reconocer que esta decisión no nació únicamente de la voluntad de las autoridades. Fue resultado de una presión social que creció de forma exponencial para salvar Mahahual. Creadores de contenido, ambientalistas, organizaciones civiles y miles de ciudadanos impulsaron campañas, videos, publicaciones y peticiones digitales en plataformas como Change.org y Greenpeace, además de convocar a una marcha programada para el 21 de mayo.
Millones de personas voltearon a ver el problema y entendieron que el proyecto “Perfect Day” representaba mucho más que una inversión turística: simbolizaba otro intento de privatizar y destruir un ecosistema invaluable en nombre del entretenimiento y el consumo.
Y quizá ahí está la lección más importante de todo esto: la naturaleza no necesita que la salvemos; quienes necesitamos salvarnos somos nosotros. Porque mientras seguimos creyendo que el desarrollo significa llenar de concreto cada rincón virgen del país, también estamos destruyendo lo único que todavía nos conecta con la vida, con el equilibrio y con la posibilidad de un futuro habitable.
Mahahual no ganó solamente una batalla ambiental. También nos recordó que todavía existe una sociedad capaz de levantar la voz antes de que el último paraíso termine convertido en mercancía.

