Para nadie es sorpresa que las mujeres están infrarrepresentadas en el ecosistema emprendedor de México. Tampoco que el sistema laboral fue diseñado bajo una lógica que rara vez considera las trayectorias, responsabilidades y tiempos de las mujeres.
Lo que sorprende son los números. De acuerdo con el estudio Women in Entrepreneurship de Endeavor, aunque 37% de las startups mexicanas son dirigidas por mujeres, solo ocho de las 100 scaleups más exitosas del país tienen a una mujer al frente. Además, los equipos fundadores conformados exclusivamente por mujeres reciben apenas 4.5% del venture capital.
Esta disparidad no responde a un tema de capacidades, sino a una estructura que sigue excluyendo sistemáticamente a las mujeres y que suele penalizarlas cuando expresan ambición, buscan ocupar espacios de liderazgo o desafían ciertas expectativas de género. No es casualidad que 97% de las emprendedoras consultadas por Endeavor considere que el ecosistema no apoya adecuadamente el éxito de las mujeres.
Pero no quiero detenerme demasiado en el diagnóstico. Llevamos años escuchando cifras sobre brechas de género, acceso a capital y representación femenina; sin embargo, es interesante observar qué han construido las mujeres para mantenerse en el juego pese a esas condiciones.
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Porque si algo han demostrado las emprendedoras durante los últimos años es que la innovación más importante no ocurre en los productos, en la tecnología o en los modelos de negocio, sino en las estructuras que permiten que una empresa exista y crezca.
Para muchas mujeres, especialmente para quienes tienen responsabilidades de cuidado, emprender también implica encontrar quién cuide a sus hijos durante una reunión, quién comparta información útil, contactos estratégicos u oportunidades de negocio. Significa, muchas veces, construir una red paralela que haga posible que estén presentes en las redes de negocio informales donde suelen ocurrir los negocios (y donde siete de cada 10 se siente excluida).
Para ellas, innovar pasa por crear redes que sostengan el emprendimiento.
En México, las mujeres siguen realizando la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Mientras muchos emprendedores pueden dedicar prácticamente toda su energía al crecimiento de sus empresas, una enorme cantidad de mujeres construye negocios mientras sostiene una segunda jornada laboral invisible para buena parte del ecosistema.
Quizá por eso las comunidades de mujeres fundadoras han adquirido tanta relevancia. No funcionan únicamente como espacios de networking. Son sistemas de intercambio de conocimiento, colaboración, acompañamiento y generación de oportunidades. Son lugares donde una conversación sobre levantamiento de capital puede convivir con recomendaciones de escuelas, proveedores, especialistas o estrategias para organizar una agenda altamente demandante.
Y, lo que a mí me parece revolucionario: estas redes están ayudando a redefinir qué entendemos por liderazgo empresarial.
El ecosistema emprendedor opera, desde hace muchos años, bajo un modelo basado en la disponibilidad absoluta que se traduce en jornadas interminables, crecimiento a cualquier costo y una visión del éxito que requiere trabajo 24/7.
Hoy cada vez más emprendedoras están construyendo empresas desde una lógica distinta. Están levantando negocios mientras realizan labores de crianza, cuidan familiares, estudian, desarrollan otros proyectos o simplemente reservan espacio para su vida personal. Y lejos de limitar sus posibilidades, esa experiencia está dando origen a formas de liderazgo más sostenibles, colaborativas y resilientes.
Vale la pena prestar atención a lo que está ocurriendo aquí y entender que las redes también son infraestructura. Y que las mujeres, en su intento de supervivencia, están generando una nueva forma de hacer negocio.

