Tras su fallecimiento hace una semana, una declaración de la icónica cantante estadounidense Dolly Parton volvió a resonar en distintos medios de comunicación. La legendaria cantante de country había explicado en diferentes ocasiones por qué decidió no tener hijos y cómo esa elección influyó en su trayectoria profesional.
“Como no tenía hijos, y mi esposo era bastante independiente, tenía libertad”, dijo. “Así que creo que una gran parte de todo mi éxito es el hecho de que era libre para trabajar”.
Sus palabras abren una conversación que va mucho más allá de la decisión personal de Dolly sino de varias generaciones de mujeres: ¿cuánto una mujer ha tenido que sacrificar históricamente para alcanzar el éxito profesional? Y, sobre todo, ¿por qué seguimos planteando la maternidad y el desarrollo profesional como caminos que necesariamente compiten entre sí?
Durante generaciones, muchas mujeres han tenido que decidir si priorizar su carrera o convertirse en madres. Algunas han elegido no tener hijos; otras han postergado la maternidad y otras han intentado construir ambas facetas de su vida al mismo tiempo.
Pero ¿por qué creemos que las mujeres que alcanzan posiciones de poder, reconocimiento o éxito profesional necesariamente tuvieron que renunciar a la maternidad?
La historia laboral de las mujeres está marcada por estructuras construidas durante décadas desde una lógica masculina. Los espacios de poder, las empresas y muchas industrias fueron diseñados sin contemplar que las mujeres pudieran ocuparlos en igualdad de condiciones y, mucho menos, que pudieran hacerlo mientras ejercían labores de cuidado.
Por eso, durante mucho tiempo, tener hijos significó para muchas mujeres una desventaja profesional. No necesariamente porque la maternidad disminuyera sus capacidades, sino porque las organizaciones no estaban diseñadas para incorporar la realidad de los cuidados.
No obstante, los tiempos han ido cambiando y cada vez más mujeres rompen con la idea de que maternidad y profesión son incompatibles. Sin embargo, el cambio todavía es insuficiente.
La maternidad puede convertirse en un freno para el crecimiento profesional cuando una empresa penaliza una licencia, cuando se cuestiona su compromiso laboral o cuando las responsabilidades de cuidado recaen principalmente sobre ella.
No basta con decirles a las mujeres que deben aprender a delegar, administrar mejor su tiempo o construir redes de apoyo. Claro que esas herramientas pueden ser importantes, pero también necesitamos hablar de corresponsabilidad, de políticas laborales, de horarios compatibles con la vida, de licencias de maternidad y paternidad, de sistemas de cuidados y de espacios profesionales libres de sesgos.
Dolly Parton tenía razón cuando reconoció que no tener hijos le dio una libertad que contribuyó a concentrar su energía en su carrera. Pero esa experiencia no debería convertirse en una regla para las demás mujeres.
No ser madre puede ser una elección. Ser madre también. Ninguna de las dos decisiones debería determinar cuánto puede aspirar una mujer a crecer, dirigir, crear o destacar profesionalmente.
El verdadero problema aparece cuando la sociedad convierte esas decisiones personales en condiciones para definir el valor o las posibilidades de una mujer.
Las mujeres no deberíamos escoger entre ser madres o ser grandes profesionales. Tampoco deberíamos sentir que tenemos que demostrar que podemos hacerlo todo al mismo tiempo.
Quizá la pregunta ya no debería ser “¿éxito o maternidad?”, sino ¿por qué seguimos creyendo que una mujer tiene que elegir?
Salir de esas cajas construidas con expectativas, costumbres y mandatos sociales también significa preguntarnos qué queremos nosotras. Qué proyecto de vida deseamos. Qué estamos dispuestas a priorizar y qué no.
Y, sobre todo, entender que no debemos sacrificar un deseo por otro. Algunas elegirán la maternidad. Otras elegirán su carrera. Otras querrán ambas. Y habrá quienes cambien de opinión a lo largo de su vida.
El éxito no debería tener como requisito renunciar a la maternidad, así como la maternidad tampoco debería significar renunciar a las propias aspiraciones. Hoy el reto es construir una sociedad que no estereotipe la maternidad ni el éxito profesional, para que cada mujer pueda construir su vida con los elementos que más la hagan feliz y libre.

