Hay ideas que no pasan de moda, sino que con el tiempo adquieren nuevas urgencias. La abolición es una de ellas. En un momento marcado por el endurecimiento de las políticas de seguridad, la expansión de las cárceles y el regreso de los discursos de “mano dura” y “cero tolerancia”, Angela Davis volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si dejáramos de pensar el castigo como la respuesta natural a los conflictos sociales?
Hoy, la filósofa, feminista, activista política, escritora y profesora ofreció la conferencia magistral “Abolición, feminismo, ¡ahora!” en Ciudad Universitaria, un encuentro en el que una de las voces más reconocidas del feminismo y de las luchas contra el racismo llegó para hablar de justicia, poder y transformación social.
Acompañada por Gina Dent, Davis habló del libro que comparte el nombre con la conferencia, publicado en 2022. Cuatro años después, la pregunta parecía inevitable: ¿qué tan vigente puede estar un libro sobre abolición en 2026?
La respuesta de Davis fue contundente. Los temas siguen vigentes porque la abolición no es una meta que se alcanza de una vez y para siempre; es un trabajo cotidiano. Se trata de cuestionar, todos los días, las estructuras que producen desigualdad, exclusión y violencia.
Desde esa perspectiva, hablar de cárceles, castigo o militarización sin hablar de raza y género resulta insuficiente. Para Davis, ambos elementos son fundamentales para comprender cómo operan los sistemas de poder y, al mismo tiempo, para imaginar otras formas de relacionarnos colectivamente.
Y aquí vale la pena detenerse. Ninguna persona que haya leído seriamente a Angela Davis y entendido su trayectoria puede reducir su pensamiento a una simple oposición entre “mujeres contra hombres”.
Precisamente una parte fundamental del pensamiento de Davis consiste en explicar que las relaciones de poder no pueden entenderse únicamente a partir del sexo o del género. Hay que mirar sus intersecciones con la raza, la clase, las instituciones, el Estado y otras estructuras de dominación.
Davis no es separatista. Su pensamiento no plantea a los hombres como enemigos naturales de las mujeres. Los reconoce también como compañeros de lucha y como sujetos atravesados, de maneras distintas, por sistemas de opresión. El feminismo que propone no puede reducirse a una disputa por quién tiene el poder, sino que exige preguntarse cómo se construye, cómo se reproduce y cómo puede transformarse.
Ahí radica una de las principales apuestas del abolicionismo: no limitarse a preguntar cómo hacer más eficiente o menos cruel un sistema de castigo, sino atreverse a imaginar un mundo en el que la respuesta a los conflictos no dependa principalmente del encierro y la violencia institucional.
La discusión resulta particularmente relevante para México, América Latina y el Caribe. Mientras se fortalecen las políticas punitivas, la prisión continúa siendo presentada como una respuesta privilegiada ante problemas sociales que, en realidad, tienen raíces mucho más profundas.
Pensar en colectivo, y no desde el individualismo, es indispensable para llegar a la profundidad que exige esta discusión. También implica cuestionar aquello que hemos aprendido a considerar inevitable. ¿Por qué la cárcel aparece como primera respuesta? ¿Qué otras formas de justicia podemos construir? ¿Quiénes son los cuerpos que históricamente han sido vigilados, castigados y encerrados? ¿Qué papel juegan el racismo y el género en esas estructuras?
La propuesta de Davis es exigente: construir colectivamente, pensar de manera crítica y mantener abiertas las posibilidades de cambio social.
En un escenario donde la militarización y el castigo suelen presentarse como sinónimos de seguridad, el abolicionismo obliga a mirar en otra dirección. No para ignorar las violencias existentes, sino para preguntarnos si las instituciones que dicen combatirlas no terminan, en algunos casos, reproduciéndolas.
Quizá por eso una de las frases más poderosas de la jornada fue también una de las más breves: “La desesperanza no es una opción”.
En tiempos de cárceles llenas, discursos de intolerancia y políticas cada vez más punitivas, conservar la esperanza no significa cerrar los ojos ante la realidad. Significa negarse a aceptar que las cosas tengan que permanecer como están.
Y quizá esa sea una de las principales lecciones que deja escuchar a Angela Davis es cuestionar incluso aquello que parece incuestionable, mirar las relaciones de poder en toda su complejidad.

