En los últimos días me ha rondado una pregunta que, aunque parece filosófica, resulta cada vez más vigente: ¿qué es la verdad?
Durante mucho tiempo creímos que era un concepto sencillo. Desde la infancia aprendimos que decir la verdad significaba contar los hechos tal como ocurrieron, incluso en orden cronológico, cuando nuestros padres nos preguntaban qué había pasado después de alguna travesura.
Sin embargo, esa certeza parece haberse desdibujado en la era de la posverdad. Hoy conviven hechos, versiones, emociones e intereses que terminan mezclándose hasta volver difícil distinguir qué ocurrió realmente y qué forma parte de una narrativa.
Ese fenómeno quedó evidenciado con el caso del profesor Israel Alberto Jasso, quien se volvió viral tras difundir un video en el que explicaba las razones por las que, según sus propias palabras, tomaría la decisión de quitarse la vida después de haber sido acusado de presunto acoso por una estudiante.
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A partir de ese momento, la historia escaló medianamente y por los creadores de contenido e influencers, quienes han difundido distintas versiones, interpretaciones e hipótesis. En medio de ese torbellino informativo surge una pregunta inevitable: ¿cuál es la verdad? Realmente, no la sabemos y mientras más seguimiento hay del caso más cuestionable es el punto.
Aunado a ello, recordemos que, hace algunos años nació el movimiento #MeToo como un espacio para que mujeres víctimas de acoso, violencia sexual y otras formas de abuso pudieran denunciar hechos que durante mucho tiempo permanecieron en silencio. Ese movimiento abrió una conversación necesaria sobre la importancia de escuchar a las víctimas y construir mecanismos de protección.
Ahora, a raíz de este caso, también han surgido voces que impulsan iniciativas para fortalecer la protección de personas acusadas cuando consideran que han sido señaladas injustamente. El debate ha crecido rápidamente, pero las preguntas fundamentales permanecen sin respuesta. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué factores influyeron en la decisión del profesor? ¿Existían circunstancias personales que desconocemos?
Quizá muchas de esas interrogantes nunca puedan responderse con certeza. Lo que sí es evidente es que su muerte ha generado una ola de especulaciones, movilizaciones y teorías que vuelven a colocar sobre una línea muy delgada la conversación sobre las denuncias de acoso y violencia sexual.
El riesgo es que un caso complejo termine utilizándose para desacreditar causas enteras. Hay quienes aprovecharán esta historia para cuestionar la legitimidad de las denuncias de las mujeres o para descalificar la lucha feminista en su conjunto, como si un caso pudiera invalidar la experiencia de miles de víctimas.
Pero también es cierto que cualquier mecanismo de protección puede ser mal utilizado por algunas personas. Cuando eso ocurre, el daño no solo afecta a quienes se ven involucrados directamente, sino que también debilita la confianza en herramientas que han sido fundamentales para que muchas víctimas encuentren justicia.
La verdad no debería construirse a partir de tendencias en redes sociales, videos virales o juicios anticipados. Tampoco debería depender de quién logra imponer su narrativa. La verdad exige investigación, pruebas y debido proceso.
En tiempos donde cada quien parece tener «su propia verdad», el mayor desafío consiste precisamente en no confundir la velocidad de la información con la certeza de los hechos. Porque cuando la verdad se tuerce, todos terminamos perdiendo.

